En el mundo del póker hay leyendas, campeones y mitos vivientes. Pero pocos nombres evocan una mezcla tan intensa de admiración, asombro y tristeza como el de Stu Ungar. Considerado por muchos como el jugador más talentoso que ha existido, Ungar no solo dominó el póker, sino también el gin rummy y las apuestas deportivas. Sin embargo, su brillantez en las cartas contrastó con una vida personal marcada por la adicción y la autodestrucción.
El Niño Prodigio del Gin
Stuart Errol Ungar nació en 1953 en Nueva York, en el seno de una familia judía de clase media. Desde muy joven demostró una inteligencia poco común para los juegos de cartas. A los diez años ya vencía a adultos en partidas de gin rummy, un juego de habilidad y memoria. Su padre, propietario de un bar clandestino, le permitió crecer entre apostadores y tramposos, lo que le dio a Stu una educación no convencional, pero perfecta para lo que sería su vida.
En su adolescencia, Ungar se ganó el apodo de «The Kid» (El Niño), no solo por su apariencia juvenil sino por la manera en que humillaba a veteranos del gin rummy, al punto que muchos se negaban a enfrentarlo.
Del Gin al Póker: El Ascenso Imparable
Cuando los oponentes dejaron de querer jugar contra él, Stu Ungar se mudó a Las Vegas. Allí descubrió el Texas Hold’em, que en los años 70 comenzaba a ganar popularidad. Aunque no tenía experiencia en ese formato, su mente matemática y su capacidad para leer a los rivales lo hicieron imbatible.
En 1980, a los 26 años, ganó su primer Main Event de la World Series of Poker (WSOP), convirtiéndose en el campeón más joven de la historia en ese momento. Y lo hizo con una arrogancia natural, mirando fijamente a sus oponentes, lanzando comentarios mordaces y jugando con una agresividad que desconcertaba incluso a los profesionales más curtidos.
Ungar repitió la hazaña en 1981, consolidándose como una superestrella del póker. En total, ganó cinco brazaletes de la WSOP, y dominó cada mesa en la que se sentaba. Muchos jugadores de su generación lo describieron como un jugador «de otro planeta».
La Caída: Drogas, Deudas y Soledad
Pero fuera de las mesas, la historia era otra. La fortuna que ganó se desvanecía entre apuestas deportivas, excesos y drogas —especialmente cocaína y crack—. Las adicciones comenzaron a interferir con su rendimiento. Se ausentaba de torneos importantes, sufría colapsos físicos durante competencias y dilapidaba millones de dólares en apuestas mal calculadas.
En la WSOP de 1990, lideraba el torneo pero se retiró por una sobredosis de drogas. A pesar de su abandono, su stack le permitió terminar en el puesto 9 y cobrar dinero. Fue uno de los momentos más tristes y simbólicos de su carrera.
El Último Respiro
En 1997, después de años de decadencia, Stu Ungar volvió a la WSOP gracias a la ayuda de amigos que financiaron su entrada. Contra todo pronóstico, ganó el evento principal por tercera vez. La imagen de Ungar levantando el trofeo, con un cuerpo visiblemente desgastado, se volvió icónica. Fue una última demostración de que, pese a todo, su talento seguía intacto.
Sin embargo, el milagro no duró. Volvió a recaer, volvió a desaparecer.
El 22 de noviembre de 1998, Stu Ungar fue encontrado muerto en la habitación de un motel barato en Las Vegas. Tenía 45 años. La causa oficial fue una enfermedad cardíaca provocada por años de abuso de drogas. En el momento de su muerte, no tenía dinero ni posesiones.
A pesar de su trágico final, Stu Ungar es recordado como uno de los jugadores más brillantes que haya existido. Su capacidad para leer a los rivales, su rapidez mental y su intuición para el juego siguen siendo estudiadas y admiradas. En 2001, se estrenó una película biográfica llamada «High Roller: The Stu Ungar Story», y su figura sigue inspirando libros, documentales y debates en el mundo del póker.
Stu Ungar fue una mezcla perfecta de genio y caos. Su historia es un recordatorio de que el talento, por sí solo, no siempre es suficiente para ganar en la vida. Pero en las mesas, nadie jugó como él.